EL ORIENTADOR: ANTE TODO, UNA PERSONA DE CARNE Y
HUESO…
¡Buenas tardes lectores! Ante todo,
daros las gracias por seguirme y por hacer un hueco es vuestra apretada agenda
para mí.
Hoy quiero hablaros del papel del
orientador. Hubo un día en clase en el que, de forma involuntaria e imprevista,
se originó un debate en el aula entre alumno y profesora. El alumno defendía la
idea de que el orientador debía saber, poder y querer dar respuesta a todo tipo
de necesidades o problemas del usuario, idea la cual fue no admitida por parte
de la profesora y, como veréis, de la mía tampoco.
Pues bien, yo, de acuerdo con la
profesora, defiendo la idea de que un orientador no ha de enfrentarse a todo
tipo de cuestiones, esto es, me aclararé con un ejemplo. Supongamos que, yo,
como psicopedagoga, me encuentro con un caso en el que un usuario requiere de
mi ayuda: necesita superar la muerte de su padre. Y supongamos también que yo
acabo de sufrir la reciente muerte de mi padre (toco madera). Pues bien, yo no
me encuentro capacitada para orientar a esa persona, no porque yo aún no he
superado esa situación y, si no he superado esta situación propia, ¿cómo
pretendo ayudar a alguien ante una situación semejante? no puedo. Pondré otro
ejemplo: supongamos ahora que no empatizo con los violadores, y tengo que
tratar a un violador en un centro penitenciario. Bien, considero que no tengo
porqué orientar ni tratar a este tipo de personas nada más y nada menos que
porque no empatizo con ellos y porque no soy capaz de defender su postura. Ante
estas situaciones, un compañero de clase defendía la de que un orientador
debería tratar todos los casos, sea el que sea. Yo no estoy de acuerdo. Ante
todo los orientadores somos personas, nos somos dioses y no podemos arreglarlo
todo. Somos personas de carme y hueso, con sentimientos, creencias e ideales, y
con posturas inamovibles.